domingo, 9 de enero de 2011

Un año ya de la nevada.

La blanca dama se asustó de la ciudad: de sus humos, de la complejidad de su tráfico, de sus ruidos…

Hace un año que, después de una prolongada ausencia que duraba el medio siglo, la nieve llegó a las puertas de la urbe, se detuvo, lo dudó y se fue a la Sierra Norte o al Aljarafe.

Fue sobre las dos menos veinte del domingo diez de enero cuando
el aguanieve que hasta ese momento caía en la capital se intercaló durante unos minutos con copos que cubrieron con un pañuelo blanco algunas zonas.
Poca cosa. Un “ya estoy aquí” y “adios muy buenas”.

Sin embargo a esa hora en la mayor parte de municipios de la provincia nevaba con mayor intensidad de lo que dan fe las instantáneas fotográficas que se tomaron apresuradamente en Alcalá del Río, Salteras, Olivares, Valencina de la Concepción, Gerena, Carrión de los Céspedes, Castilleja de la Cuesta, Las Pajanosas, Mairena del Aljarafe, Espartinas, Gines, o El Viso del Alcor.

Fuentes vecinales de Almadén de la Planta precisaron que en dicho municipio sí llegó a cuajar algo más consiguiendo cubrir las calles mientras que en la zona de Venta del Alto, entre Gerena y El Garrobo, cayeron copos pequeños y dispersos. Y en el Ronquillo un atrevido hasta llegó a esquiar.

También nevó en Tocina-Los Rosales a 27 m de altitud, y 37 km de Sevilla

Nunca hasta entonces estuvo la capital tan cerca de cubrirse de nieve desde aquel 3 de febrero de 1954, fecha hístórica de la última nevada. Cayeron pequeños copos en Pino Montano, en el Parque Alcosa, en la Macarena y en el centro, pero no cuajaron. Los miles de sevillanos que aguardaban en balcones, ventanas y hasta mojándose en las azoteas equipados con sus cámaras digitales para inmortalizar el momento se vieron defraudados.

Alguién, al borde del enfado, anunció que iba a protestar al Alcalde, pero fue convencido con cordura de que don Alfredo esta vez no tenía la culpa.
Tuvieron que conformarse con retratar unos minúsculos copos que apenas se reconocían como tales en las pantallas y daban más la impresión de motitas de polvo que de fenómeno meteorológico.

Fue el escaso recuerdo gráfico que dejó esa nieve que llegó, se asustó…. Y se fue corriendo.

O volando como los vencejos que cantaba Bécquer llamándoles golondrinas.

2 comentarios:

E. Morillo dijo...

Y mientras caía y cuajaba, Sr. Garrido, yo me quedaba en mi retorno parada en la A-66 marchitando mi ilusión de niña tras los cristales. 40 minutos eternos y un viaje interminable hasta casa...

Feliz comienzo de año,
un abrazo.
Elena

Anónimo dijo...

Y es que Sevilla con nieve y sin nieve es única, hasta para quitarte la cartera y no enterarte hay que tener arte, que no se da en cualquier parte pero si en la ciudad de la alegría, del olor a azahar mezclado con el incienso cuando llega la primavera y que hace de Sevilla una ciudad con encanto tan especial que como muy bien dice Don José Luis en el anterior comentario "No hay duda. Como esta ciudad no hay otra" a pesar del "choriceo" callejero que también es único en esta ciudad.

Saludos

Esther Luque