Me asalta la duda de si he puesto bien el título. Porque barbería, lo que se dice barbería, esa del maestro barbero con los dedos que te pasaban cerca de la nariz teñidos de amarillo por el intermitente manejo de los cigarrillos humeantes y oliendo a nicotina, el baby largo y la navaja de afeitar siempre presta a ser afilada en la correa plegada que descansaba a su lado, no queda ya ninguna. Barbería se llamaba por eso del arreglo de la barba, naturalmente. La barba convenía rasurarla o, recortarla, por lo menos, casi a diario. El arreglo del pelo podía esperar.
No creo que quede ya ningún barbero. Lo que hay son peluqueros. Por eso resulta prácticamente imposible encontrar algún rótulo que anuncie “barbería” en tanto que proliferan los que ofrecen los servicios de las “peluquerías”. No se hallan a cargo de aquellos maestros barberos con aire de practicantes de Casas de Socorro, con las tijeras asomando en el bolsillo superior del baby blanco y una sabiduría envidiable en asuntos taurinos, sino que las atienden generalmente muchachos jóvenes, estilizados, con dedos ágiles que no huelen a tabaco negro sino a perfume masculino de esos que se anuncian en la tele con unas modelos despampanantes movidas al hilo de argumentos absurdos que desembocan sin saber por qué en la marca que pretenden anunciar.
La peluquería que frecuento está en la calle Baños y es así. En la misma calle, esquina con Teodosio, funcionó durante décadas la del maestro Pablo Salatti que tenía una cabeza noble de abundosa cabellera blanca que cuidaba con esmero y más parecía un director de gran orquesta alemana que un experto menestral del corte del cabello. Se ganaba la vida derramando con esmero sus conocimientos de la profesión en el reducido gabinete donde la ejercía. Era un barbero clásico, pero no hablaba de toros, sino de los grandes maestros de la pintura. Los acuarelistas especialmente. Y tampoco alumbraba las modestas paredes de su establecimiento con fotos de Belmonte, Joselito el Gallo o Pepe Luis Vázquez, sino con luminosas escenas del entorno paisajístico debidas a su mano.
En la barbería del maestro Salatti no llamaba la atención que un cura cualquiera, por supuesto vestido de cura, con talares ropas, entrase, se sentase y se pusiera a leer el periódico esperando turno. En mi peluquería habitual entró la otra mañana un cura vestido de clergyman, que ya saben ustedes que es el terno negro con cuello almidonado que empezamos a ver en las películas de Spencer Tracy, con el que se visten hoy los clérigos que no guardan temor alguno a parecer lo que son, y, entre los que estábamos, se produjo ese ambiente indefinible que suele levantar una presencia inesperada.
El cura, un muchacho moderno, no mal parecido, saludó al entrar. Se sentó. Abrió su breviario y se dispuso a aprovechar el tiempo de la espera leyendo sus oraciones.
Yo recordé a aquellos curas de mi infancia que visitaban la barbería hasta para hacerse la tonsura que era un redondelito, algo así como del tamaño de una moneda actual de dos euros, que tenían que afeitarse en la nuca para ser distinguidos como servidores del altar.
El último que rememoro de tal guisa fue el coadjutor de la parroquia de San Vicente, un sacerdote sencillo, abnegado, modesto y ejemplar al que siempre se vio en el barrio con su sotana y su tonsura y del que decía con toda la gracia del mundo una de las muchachas que atendían la droguería que estaba y está en la misma calle:
--- Va tan vestío de cura que parece que se ha disfrasáo.
miércoles 3 de junio de 2009
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2 comentarios:
Desgraciadamente está cerrada, pero dónde me pelaba, mientras ha estado abierto, en la plaza de los Terceros, en el rótulo de la calle aún se puede leer BARBERIA.
Javier Chavarri que era el maestro peluquero lo tenía a gala aunque después decía que él era peluquero.
En la calle Angel María Camacho está Enrique Fernández que debe ser ya el barbero mas antiguo de Sevilla y además es BARBERO de verdad, se cabrea y todo.
Saludos.
Magnífico complemento a mi texto.
Gracias y enhorabuena.
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